Plan Nacional Decenal de Educación
Boletín No. 22: Junio 18 de 2008
Evaluar para mejorar la calidad: la mirada de Conaced

Evaluar, dicen los expertos en educación, es una de las funciones más complejas de la acción educativa: requiere de información frecuente y diferenciada para que el educador pueda mediar y el sujeto pueda interiorizar progresivamente la responsabilidad que éste proceso conlleva.

¿Para qué evaluar?, ¿Qué evaluar?, y lo más importante, como educadores: ¿Sabemos qué es evaluar? Toda definición nos permite acercarnos a la esencia de las cosas y en este caso a la esencia de la acción de evaluar, el saberlo nos da autoridad para hacerlo.

A lo largo de la historia se presentan algunas concepciones sobre evaluación como, "comparación de resultados del aprendizaje de los alumnos con los objetivos previamente determinados" (Tyler, siglo XIX); también se ha definido como "la búsqueda de información y comunicación a quienes han de tomar decisiones sobre la enseñanza (Cronbach, 1963); la "estimación o constatación del valor de la enseñanza, considerada no solo en sus resultados, sino también en su proceso de desarrollo" (Scriven, 1967); además, la evaluación se ha concebido como "el enjuiciamiento sistemático del valor o mérito de un programa" (El Joint Commite of Standard for Educational Evaluation, 1981) etc.

Hoy, el concepto de evaluación aplicado al proceso enseñanza-aprendizaje, se circunscribe en un significado de "valoración"; esto hace que se comprenda el término dentro del marco de la emisión de juicios de valor, que se establecen a partir de la comparación de procesos y/o logros de aprendizaje con algún "parámetro" o norma que, en educación denominamos objetivo o expectativa de logro.

En este sentido, el docente juzga lo que el alumno sabe/aprendió sobre un determinado tema y compara con lo que debiera saber o conocer sobre el mismo, a partir del cual estima a qué distancia se encuentra el logro de los parámetros esperados y planteados en el mismo.

Podemos objetar aquí, que la escuela busca desarrollar en el alumno competencias complejas de manera que excedan al simple conocimiento y que la evaluación es un concepto más amplio. Es verdad, debemos advertir que el docente debe llevar a cabo actividades, que podríamos discutir cómo llamarlas, en las que tiene que juzgar o emitir un juicio de valor acerca de alguna conducta puesta de manifiesto por el estudiante. En cada uno de los comportamientos de los estudiantes en el proceso de formación integral, los docentes, en definitiva ejercen aunque sea parcialmente su función evaluadora. A este punto nos podemos preguntar: los educadores ¿Qué capacidad evaluadora tenemos?

  • El profesional, en caso de ser necesario, debe "aprender, actualizarse en cuestiones teóricas y metodológicas sobre la evaluación", que le permitan realizar la tarea.
  • La autoridad evaluadora es dada por la ética. Al llevar a cabo la tarea con profesionalidad, cumple con su obligación y necesariamente contribuirá a consolidar la construcción del "lazo social", es decir, la convivencia.
  • Se debe apostar a la capacitación del docente en técnicas y valores que hoy por hoy se presenta como un reto de la institución formadora de formadores.

Significa por tanto, que las escuelas normales y las facultades de educación tienen un papel fundamental al formar educadores porque de ellos depende en gran medida el cambio cultural. Sin embargo, el problema fundamental sigue sobre la mesa en cada aula de clase: mientras la evaluación se quede en la explicación y los estudiantes tengan que seguir hablando principalmente de la cantidad de logros que deben o preguntando al profesor su calificación definitiva, seguiremos dando la misma orientación a la tradicional tarea de la evaluación centrada en la certificación y la aprobación de un curso o una asignatura.

En cambio, si la evaluación logra implicar al estudiante en su mejoramiento continuo, el profesor podrá retirarse tranquilamente y entregar al estudiante su diploma de bachiller con la seguridad de que, aunque no haya alcanzado algunos logros, o no tenga alguna competencia propositiva en un área específica, el estudiante podrá: dirigir su vida, tomar decisiones con autonomía, proceder con conciencia sus actos. (cf. Suárez y Latorre, 2000)

La claridad de los objetivos en las diferentes áreas tanto del saber como de la formación, facilitará el proceso de evaluación en la medida en que el tener más claro lo que se pretende, puede facilitar la búsqueda y recopilación de evidencias que permitan detectar en qué medida se va acercando el estudiante a los resultados del aprendizaje definidos en los objetivos. Lo que es inadmisible es establecer primero cómo se evalúa, para definir posteriormente qué se enseña, o trabajar de manera paralela, desconectada, lo mismo que reglamento de convivencia por un lado y formación por otro.